El mundo de las falsificaciones forma parte de un negocio ilegal que mueve cifras astronómicas en todo el mundo. La lista de productos falsificados es interminable y va desde relojes o DVD´s hasta productos de mecánica, juguetes, medicamentos, tabaco, comida e incluso coches. Por ejemplo, el modelo Chery de QQ, fabricado en China, guarda un parecido más que razonable con el Chevrolet Matiz, eso sí, su precio es de 3.000 euros menos. Gracias a la mejora de los procesos de producción de las fábricas que se dedican a este negocio, las falsificaciones se han convertido en réplicas exactas a los originales.
Sin duda alguna, este negocio representa para China, principal exportador de falsificaciones, una importante fuente de ingresos. Acabar con la industria implica un serio dilema. Por un lado, la pérdida de una importante parte de la economía china, traducida en miles de puestos de trabajo, y por otro, la necesidad de proteger las marcas y la propiedad intelectual. Son muchas las ciudades que viven de las falsificaciones. Wenzhou es conocida por sus falsificaciones de equipamiento eléctrico; Kaihua es sinónimo de falsas bombillas de Phillips y Yunxiao es conocida como Marlboro Country gracias a su habilidad en la falsificación de esta marca de tabaco. Y es que la protección de la propiedad intelectual en China es una lucha cuesta arriba. El gigante asiático, al entrar en la Organización Mundial del Comercio en 2001, se comprometió a respetar la propiedad intelectual, pero parece ser que lo prometido se quedó sólo en palabras. Así lo demuestran los más de 60.000 millones de dólares que anualmente pierden las marcas, víctimas de las falsificaciones. Estas estafas van desde el packaging, hasta la falsificación sumamente científica en la que la única diferencia perceptible entre los artículos verdaderos y falsos es el precio. La falsificación de una marca registrada puede ser reclamada de forma administrativa o judicial, constando esta última de dos categorías: criminal y civil. Pero estas iniciativas legales sirven de poco, ya que el problema principal no se centra en el sistema judicial de China, sino en el incumplimiento de los fallos. Las sentencias no se suelen cumplir de forma rigurosa y, por ello, los falsificadores continúan con su negocio de fabricación y venta de productos. Aún así parece ser que los procedimientos criminales, aunque son más caros, cuentan con una mayor eficacia para poner fin a las falsificaciones. Por su parte, los procedimientos administrativos suelen proporcionar una solución más rápida y, al menos, producen la satisfacción de ver que la autoridad china encargada de vigilar el mercado local realiza redadas en los almacenes y tiendas para intentar frenar esta situación. Sin embargo, las multas no son lo suficientemente altas como para disuadir a los infractores y falsificadores potenciales de copiar ilegalmente las marcas. Así lo demuestra la sentencia histórica que emitió en 2006 el Tribunal de Pekín contra las tiendas de artículos falsos y contra la empresa que gestiona el conocido Mercado de la Seda. Dicha sentencia les obligaba a indemnizar a Prada, Gucci, Louis Vuitton, Burberry y Chanel con 13.000 dólares. La cifra es simbólica si se tiene en cuenta que, como hemos dicho, las falsificaciones cuestan cada año a las marcas internacionales la friolera de 60.000 millones de dólares. Propias marcas No obstante creo que esta situación tiene fecha de caducidad y el gigante asiático está evolucionando y paulatinamente está dejando de ser la fábrica del mundo. Es consciente de su gran potencial y ya está comenzando a invertir en sus propias marcas como, Lenovo, fabricante de ordenadores; la cervecera Tsingtao; la marca de electrodomésticos Haier, o Huawei, el gigante de la tecnología. Se está concienciando del beneficio que reporta el ser poseedor de una enseña y más, si ésta es fuerte. Hasta ahora, la presión contra la piratería ha sido impulsada por los países extranjeros. Pero cuando salte el conflicto interno por las imitaciones de sus propias marcas, la batalla contra el negocio de las falsificaciones será más fuerte. Uno no sabe el daño de algo hasta que lo sufre.