Hace unos meses escribía acerca de una paradoja o parajoda que se puede dar en pocos años: la discriminación positiva debería cambiar de género y dirigirse a favor de los hombres. No me lo inventaba, claro, había ya signos en el aire. Pero en las últimas semanas estos signos parecen materializarse por doquier.
El ponente estrella del último Rethink, el profesor de la Universidad de Estocolmo y gurú del marketing, Kjell Nordstrom, hizo una parodia humorística de la actitud de los estudiantes universitarios, de su desorientación y su falta de foco, por diferencia con las estudiantes. ¡Y hablaba de Suecia! Demostró con datos cómo las oportunidades de que una mujer universitaria encuentre trabajo se han despegado de largo de las de sus competidores masculinos. Este fenómeno de Occidente ha provocado ya el primer best seller en Estados Unidos: The decline of men. Su autor, Guy García, constata el mismo fenómeno en su país y profundiza en sus razones. “Los hombres sienten que el género masculino –decía en una reciente entrevista en Adage-- va a la deriva, despreciado, denigrado y demonizado por los medios, por las mujeres e incluso por otros hombres, y esto es sólo la punta del iceberg”. La publicidad no es neutral en este fenómeno, señala, y muchos hombres se declaran hartos de ser mostrados como obsesos metrosexuales, cavernícolas, perezosos redomados, o todo a la vez. Incluso padres y madres están preocupados por los mensajes que sus hijos reciben acerca del papel del papá. En la sociedad urbana, los valores positivos que se supone ostentaban los hombres: valor, ambición –en positivo-, sacrificio por ideales, heroísmo… no están de moda. Ahora cuentan más las virtudes apriorísticamente femeninas: comunicación, pragmatismo, inteligencia emocional, soft power… Ante todo ello, los hombres, especialmente los jóvenes, han perdido confianza a ojos vista. Pueden dar fe de ello quienes tienen hijos en edad escolar o universitaria. ¿Se puede hacer algo? Dudo que estas corrientes psico-sociológicas puedan frenarse de algún modo, pero quizás sería bueno que dejara de ser tan moderno presentar a los chavales como descerebrados comedores de pizza siempre pensando en lo mismo. Eso no quiere decir prescindir del sentido del humor. Woody Allen lleva lustros riéndose y haciéndonos reír de los intelectuales sin necesidad de poner en duda su masculinidad.