Que nadie crea ni por un segundo que voy a ser capaz, ni por asomo, de dar con las claves que harían que cualquier persona imbuida en una relación de este tipo, fuese a mejorar, aunque sólo sea mínimamente, su realidad cotidiana. Ese propósito formaría parte de una empresa de proporciones gigantescas, que ha llevado de cabeza a las mejores mentes de todos los tiempos: entender la condición y la naturaleza humana, por lo que dada mi capacidad, mejor ni intentarlo. Intentaré, al menos, reflejar las claves que a mí me ayudan.

Siempre he visto la relación cliente-agencia como cualquier otra relación entre personas, es más casi siempre he hecho la analogía con una relación de pareja y es así como he extraído aprendizajes útiles para mi día a día, además de conseguir que mis interlocutores me entendiesen más fácilmente. Una unión, que, desde mi punto de vista, está sufriendo una crisis sin precedentes, por razones que ahora no vienen al caso, pero que convendría revisar dado el preocupante contexto que nos rodea. Nos ayudaría a todos a reflotar valores como la estabilidad, la colaboración mutua, el esfuerzo y el sacrificio común. Para que el amor entre un cliente y una agencia dure lo máximo posible o que al menos “sea bonito mientras dure”, debería estar basado en las siguientes reglas de obligado y mutuo cumplimiento: 1) Comunicación. En una primera fase no nos conocemos lo suficiente y, una vez consolidada nuestra relación, se tiende a abandonar la necesidad de conocer al otro, entender sus motivaciones, sus objetivos, sus miedos, sus preocupaciones, sus valores, su forma de pensar… presumimos de expertos en comunicación y muchas veces no sabemos nada de nuestros clientes, ni nuestros clientes nada de nosotros. Sobre esto, sólo un apunte: cuidado con la transparencia y la sinceridad, no son buenas en todos los casos. Es preciso saber diferenciar entre “decir la verdad” y ser cruel. Una verdad matizada o una mentirijilla piadosa ayudan, en ocasiones, a salvar relaciones y a convertirlas en duraderas. 2) Respeto. Una vez que conocemos el terreno que pisamos, será más difícil traspasar puertas que no deberíamos cruzar. Es posible que en esencia seamos o tengamos posiciones distintas, pero respetarlas nos hará más fuertes y más sabios. Por el contrario, la falta de respeto siempre va a más y deja un cierto rencor que, inevitablemente, termina en frustración. En este sentido, saber reconocer errores y pedir perdón a tiempo, suele ayudar. 3) Paciencia. No se trata de convertirse en un mártir. Se trata de entender la situación, el estado de ánimo y la forma de ser de cada uno y, una vez analizado, obrar en consecuencia. En ocasiones, hay que ponerse serio y dar un toque de atención para que alguno de los dos no se extralimite, pero siempre previa autocrítica de la paciencia que hemos demostrado. 4) Admiración mutua. Es imprescindible encontrar los valores que nos han llevado a querer tener la relación que tenemos. Debemos aprender a potenciar éstos y a aceptar los defectos con los que nos ha tocado vivir. Igualmente, hay que controlar los egos, que son esa “virtud” que no nos deja relacionarnos con naturalidad pero que al mismo tiempo es necesario cultivar (naturaleza humana, de nuevo). 5) Cuidar los detalles. Con los detalles tenemos la oportunidad de magnificar el valor de cada una de las otras cuatro reglas. Hay que ser y, además, parecer. No dejemos que un continuo y espléndido esfuerzo se vea menoscabado por no prestar la suficiente atención al día a día. Sin embargo, por mucho esfuerzo que se ponga en cuidar estos aspectos de la relación, el amor es impredecible. Y, en ocasiones, incluso parejas que se quieren mucho y que tienen una relación magnífica, se ven obligadas a separarse por razones extramatrimoniales. Pero esto, ya lo trataremos en otro momento.Raúl Barroso es Director General de Genetsis