Estamos asistiendo poco a la poco a la involución de internet. Algunos podrían llamarlo la web. -1 . Hasta ahora existía una convicción común a ambos lados de la mesa: internet es un territorio virgen sin regulación posible. Algo así como las tierras del salvaje Oeste, en las que la ley encarnada en un voluntarioso sheriff era poco más que una entelequia.

Sin embargo, una vez que los colonos se instalaban y el territorio empezaba a funcionar en lo económico con comercios, ciudades, explotaciones agrarias, bancos, líneas de diligencias, etcétera, la ley y el orden hacían su aparición. Y en internet está ocurriendo exactamente lo mismo. Los frentes abiertos básicamente son dos, pero con muchas ramificaciones. Por un lado, el de la propiedad de los contenidos, en el que se enfrentan los productores (agencias de prensa, diarios, canales, productoras audiovisuales…) que ven peligrar su supervivencia, y los defensores del replicado, la piratería directa o indirecta y el todo vale porque “tengo derecho”. En este frente se sitúan las iniciativas de algunos gobiernos para limitar las descargas ilegales, legales en España, a través de los servicios de acceso. La lucha es virulenta (que se lo pregunten a Sarkozy o a la nueva ministra de Cultura). Y el otro frente, donde los cañonazos suenan en sordina, pero no menos importante, es el de la publicidad, o mejor dicho, de los usos comerciales de internet. La autoridad federal de comunicaciones de Estados Unidos está impulsando una regulación muy estricta incluyendo lo que los anunciantes pueden hacer, por ejemplo, a partir de su relación con bloggers o con individuos que actúen bajo sus órdenes en las redes sociales. Y es que a veces veo internet – y al ser humano en sí mismo- como un Saturno que devora a sus hijos. Devora a quienes le proporcionan contenido profesional y de calidad. Pero también devora a quienes lo defienden creyendo sinceramente que mantener la desregulación de internet es la salvación de la democracia. En España hay ya una legión de agencias llamadas ahora de comunicación interviniendo en foros, redes sociales, páginas de consumidores, etcétera. Y son indetectables. Ya pasaron los tiempos de Wal Mart/Edelman y sus torpezas. Y no hablemos de la política, ni de la veracidad de las informaciones virales. Internet ha perdido su virginidad y --es mi opinión y espero que no me crucifiquen por ella cual ministra-- llegará un punto en el que incluso muchos de aquellos que han defendido con ahínco el carácter ácrata de la red, admitirán que, como en el Oeste, algo de ley y orden son necesarios, aunque eso suponga que el espíritu de los pioneros de internet pase a ser, como el Oeste, el escenario idealizado de impecables producciones de Hollywood --si es que existe-- o quizás Bollywood.David Torrejón es director editorial de Publicaciones Profesionales