En 1950, León Felipe —desde su exilio mexicano— escribía unos versos que se resisten a caducar:  “Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto: / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre… / ha inventado todos los cuentos. / Yo sé muy pocas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos… / y sé todos los cuentos.”

En nuestro país, el miedo del hombre ha vuelto. Tras la larga orgía de crecimiento nos ha llegado la hora del aturdimiento y la incertidumbre, lo que nos hace más propensos a los cuentos: a los de quienes pretenden aletargarnos, a los de quienes quieren amedrentarnos, o a los de los tertulianos y columnistas que –como yo– se resisten a obviar el tema. Pero al menos yo lo reconozco, y construyo mi cuento desde una aproximación a la crisis más consumer centric, huyendo de la manida visión macroeconómica. Dice así:La anhelada vuelta al crecimiento de nuestra economía depende fundamentalmente (no sólo) del comportamiento de la demanda interna, preferentemente privada. En pocas palabras: depende de que se anime el consumo de las familias. ¿Y por qué no se anima? Los que reciben ‘un sueldo’ del Estado (funcionarios y pensionistas) han visto aumentado –al igual que aquellos que mantienen su puesto de trabajo– su poder adquisitivo gracias a una inflación inusualmente baja. Pese a ello, el consumo no despierta, por la sencilla razón de que ‘la confianza’ de los consumidores está por los suelos. “¿Confianza en qué?” preguntarán algunos… y hacen bien, pues no se trata de una confianza metafísica en el futuro ‘per se’, sino que es simple y llanamente confianza en saber si mañana seguiremos en nuestros puestos de trabajo y, consiguientemente, disponiendo de un salario que nos permita pagar las facturas. Así de simple.La confianza se construye (y se destruye) con los datos del desempleo. Porque cuando vemos que nuestro vecino se ha quedado sin trabajo, ‘preventivamente’ empezamos a comportarnos en términos de consumo como si fuésemos a ser los próximos en quedarnos sin empleo. “Si no entendemos lo anterior, tampoco entenderemos por qué habiendo bajado los tipos de interés y sin que nos haya subido ‘la cesta de la compra’, el consumo sigue sin reactivarse. Y es evidente.“Cuando una persona piensa que el próximo año puede estar en la cola del paro, tanto da que le ofrezcan un crédito al 2% que al 7%: si cree que no podrá pagarlo, no cambiará de coche ni de piso… Porque un tipo de interés bajo le viene muy bien ‘al que ya tomó en el pasado’ una decisión de gasto/inversión importante y ahora está pagando las letras. Pero ese tipo de interés bajo no va a funcionar como ‘driver’ para generar consumos futuros en tanto la amenaza del desempleo orbite en nuestras cabezas. Claro que las empresas necesitan crédito y bajos tipos de interés, pero sobre todo lo que necesitan es demanda. Porque financiación sin demanda no sirve para nada. Aquí el orden de los factores es bastante relevante. En cuanto al precio del carrito de la compra, sólo destacar que la distribución en España ha abierto una guerra de precios para atraer clientela a sus tiendas. El problema es que dicha guerra de precios, lejos de ayudar, puede tener un resultado perverso, tanto por empujarnos un poquito más hacia el abismo de la deflación, como por poner al borde de la quiebra a algunos fabricantes y también, de paso, a algunos distribuidores (con el consiguiente efecto sobre el nivel de paro). “En fin, ni los bajos tipos de interés ni los bajos precios en nuestras tiendas van a abrir el candado que aprisiona la confianza de nuestros conciudadanos. Solo la garantía sobre nuestros puestos de trabajo sería capaz de erradicar los miedos, y de hacernos recobrar la confianza en el futuro, reactivando el consumo y generando de nuevo empleo. Por supuesto, este análisis eminentemente marketiniano y enfocado en el consumidor es políticamente incorrecto y ‘se da de tortas’ con el pensamiento económico prevalente.Por ello añadiré la siguiente coletilla: la garantía del puesto de trabajo a la que me refiero no debe ser reclamada en exclusividad a los empresarios o al Estado (que haría bien condicionando sus ayudas al mantenimiento de empleo) sino que también debemos reclamárnosla los trabajadores a nosotros mismos en forma de compromisos de mayor productividad. Porque (nos guste o no) vivimos en una economía abierta y, a la larga, solo la competitividad nos garantiza la supervivencia.” FrugalidadY, colorín colorado, lo único cierto es que nos adentramos en una era en la que, independientemente de nuestra prosperidad, la frugalidad será la nueva norma. También lo decía en otro poema León Felipe (aunque su frugalidad, más que voluntaria, fuese sobrevenida por aquellos que forzaron su exilio):“Hermano, / tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola, / mía es la voz antigua de la tierra. / Tu te quedas con todo / y me dejas desnudo y errante por el mundo / mas yo te dejo mudo. / Y ¿cómo vas a recoger el trigo / y a alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?..” Versos para pensar. Pensar que ya es hora de consensos, tiempo de que 1) defendamos todos juntos la hacienda y la casa, 2) enterremos la pistola y 3) recojamos el trigo… Y si podemos hacer todo ello cantando… ¡pues mejor!"marcosdequinto@hotmail.com