La investigación de mercados se encuentra sumergida en una etapa de transición, y quizá aún no nos hemos hecho totalmente conscientes de ello. En los años más recientes el sector ha disfrutado de una etapa vital plagada de éxitos generalizados, viviendo en un marco de crecimiento y optimismo perpetuo que sólo nos permitía mirar hacia delante: futuro y desarrollo eran la máxima prioridad. Lanzamiento de nuevos productos, extensiones de gama, incursiones de marca en categorías colindantes… la fertilidad del entorno garantizaba, si no el éxito, el caldo de cultivo idóneo para lanzarse al asalto descarado de cualquier nuevo escenario.
En este frenesí reproductivo de las compañías, plenamente rentable y satisfactorio, la investigación convivía, no sin esfuerzo, en un estado de armonía. Reconocida y valorada, crecía a la par que el consumo en una perfecta simbiosis invisible. Situación envidiable. Y de repente, crisis.
Previamente, la exponenciación de este frugal desarrollo ya empezaba a arrojar signos de insostenibilidad. El hacinamiento de propuestas de consumo, la creciente dificultad para ofrecer un discurso original, los posicionamientos inverosímiles y el goteo de propuestas carentes de fundamentos sólidos. Un cuadro sintomático que dibujaba un entorno competitivo marcado por la complejidad y lo efímero. La investigación, seguía caminando de la mano del consumo (en el amor y en la enfermedad…) obteniendo su particular versión de esta sintomatología: consumidores (nuestra materia prima, con todos los respetos) cada vez más expertos y exigentes, pérdida de referentes, superficialidad, caducidad inmediata, etc.
Tras el trauma económico que ha impactado en la cara globalizada del mundo, superada la fase de negación, aceptando un cambio de paradigma, nos adaptamos. O al menos estamos en proceso. Las decepciones son, en un contexto de precariedad de oportunidades, más visibles y dañinas.
En épocas de plenitud, derrochamos. En épocas de carencia, cuidamos. Cuidamos los proyectos en los que nos embarcamos, escogiendo mejor y de manera más calculada. Cuidamos la forma en que los llevamos a cabo, más seguridad.
Todos los sistemas deben regularse para asegurar su propia supervivencia. En su particular duelo, el ensayo -error vuelve a dejar hueco al pensamiento.
Alexis Serna, director de Estudios de Punto de Fuga