
Como estamos en confianza, voy a confesar algo… Durante años, cuando lo descubrí en mi primer proyecto de consultoría, pensé que eso de la "Gestión del Cambio" era una de esas cosas que las consultoras se inventaban para hacer las presentaciones más gruesas y las facturas más altas. Ya sabéis…
La reunión iba sobre tecnología, procesos o estrategia y, de pronto, aparecían dos personas cuya función consistía en explicar que a la gente había que acompañarla durante los cambios, y yo, por supuesto asentía con la cabeza, pero por dentro pensaba: "Ya estamos otra vez con los pájaros y flores”. Ay, cómo me gusta acordarme de aquello últimamente…
Porque si algo me ha enseñado la Inteligencia Artificial es que, como la mayoría de las veces, el reto nunca fue la tecnología, el reto siempre fueron las personas. Y no lo digo como crítica. Lo digo porque yo soy una de ellas.
Cuando apareció ChatGPT a finales de 2022 la reacción general fue bastante parecida a la de un niño el día de Reyes: "Escribe un poema”, "hazme una receta”, "cuéntame un chiste”, "¿me puedes hacer la presentación de mañana?".
Era divertido, era sorprendente, era casi magia. Hasta que, un buen día, dejó de ser un ‘juguete’, y empezó a parecerse a un compañero de trabajo, y luego a un becario, y después a un analista, y más tarde a un programador. Y, ahora, en algunos casos, empieza a parecerse sospechosamente a alguien que podría ocupar nuestras reuniones y, por qué no, nuestros puestos. Y ahí cambió la conversación.
Porque hasta ese momento todos queríamos ser más productivos, claro que sí, porque la productividad siempre suena bien, es elegante, porque mola y sale en LinkedIn. El problema es que la productividad deja de parecer tan atractiva cuando descubres que también puede aplicarse a tu puesto.
Y es que queremos que la IA nos ayude, pero lo que no tenemos tan claro es cuánto. La queremos cerca, pero no demasiado. Queremos que redacte el informe, perfecto, pero que decida si el informe es necesario ya nos genera una inquietud diferente.
Y el tema es que las empresas tampoco lo tienen fácil. Llevan años preguntándose cómo ser más eficientes, y de repente aparece una tecnología que promete exactamente eso: hacerlo todo más rápido, más barato, más escalable. ¿Alguien da más? Una tentación difícil de ignorar.
Pero entonces aparece la otra pregunta, la realmente incómoda, la que normalmente llega después de la presentación del proveedor tecnológico: ¿Y las personas qué?
Porque instalar una herramienta es relativamente sencillo, pero conseguir que 1.000 personas entiendan cómo cambia su trabajo es bastante más complicado, y aquí es donde, en mi opinión, empieza la conversación interesante, porque tendemos a pensar que el reto de la IA es aprender herramientas, y personalmente, cada vez estoy más convencido de que no. El reto es aprender a convivir con la incertidumbre ,que, por cierto, no es exactamente lo mismo.
Pensemos en cualquier profesional, da igual si es un empleado, un directivo o el propietario de una empresa. Todos estamos escuchando mensajes parecidos: Aprende IA; Forma a tu equipo en IA; Crea una estrategia de IA; Implanta agentes; Automatiza procesos; Transforma tu negocio…Todo ello, por cierto, acompañado de una agradable sensación de urgencia permanente, como si llegáramos siempre tarde (aunque nadie tenga muy claro, en realidad, a dónde hay que llegar).
Y ahí es donde veo uno de los grandes retos para quienes trabajamos en gestión del talento:
No se trata solamente de formar, aunque por supuesto la formación es necesaria, pero insuficiente, porque cuando terminas de aprender una herramienta ya hay tres nuevas esperando en la puerta.
No se trata únicamente de desarrollar habilidades, eso tampoco basta, porque las habilidades técnicas cambian más rápido que nunca.
Se trata de ayudar a las personas a desarrollar algo mucho más difícil, que es la capacidad de adaptarse continuamente (sin entrar en pánico) y de superar momentos de “altas y bajas”, algo que, sinceramente, empieza a parecer una competencia profesional de primer nivel.
La historia tampoco ayuda a tranquilizarnos, esto ya lo hemos oído antes, ¿verdad? Internet iba a destruir trabajos; los smartphones iban a destruir trabajos; las redes sociales iban a destruir trabajos.
Y la realidad fue algo más compleja: algunos puestos desaparecieron, muchos se transformaron, y aparecieron otros que nadie habría sabido imaginar (en el año 2000, intentar explicar la profesión de influencer a un orientador laboral, probablemente la situación habría acabado con una llamada a seguridad, o al psiquiatra…).
¿Significa eso que no debemos preocuparnos?
Definitivamente no.
Pero sí significa que probablemente debemos preocuparnos menos y ocuparnos más, que no es lo mismo. Preocuparse consiste en pasar dos horas leyendo predicciones apocalípticas. Ocuparse consiste en abrir una herramienta y aprender algo, aunque sea pequeño, aunque sea imperfecto, aunque dentro de un año ya no sirva exactamente igual, y tener la capacidad de aprender y desaprender continuamente.
Porque quizá la gran lección de la IA no sea tanto (o tan solo, al menos) tecnológica, sino que quizá sea profundamente humana.
Y es que la IA nos está obligando a convivir con algo que llevábamos décadas intentando evitar, que es no tener todas las respuestas, y estar en un proceso donde incluso a veces la propia pregunta es algo mucho más valioso que las posibles respuestas. Y eso puede resultar incómodo para los empleados, incómodo para Recursos Humanos, incómodo para los directivos e incluso incómodo para los propietarios de las empresas. en realidad, para todos.
Y por ello cada vez que alguien me pregunta cuál es el mayor desafío de la Inteligencia Artificial en las organizaciones, mi respuesta es menos sofisticada de lo que debería: “No creo que sea ChatGPT. Ni Gemini. Ni Claude. Ni los agentes. Ni siquiera la tecnología que aún no conocemos. Ni siquiera los nuevos puestos, que aún no conocemos. Ni “primos y sobrinos” similares de todo lo de arriba.”
Creo que, al final del día, el verdadero desafío seguirá siendo el mismo de siempre. Ayudar a las personas a atravesar un cambio que no entienden del todo, a una velocidad que no han elegido, con una incertidumbre constante y hacia un destino que nadie puede describir con precisión.
Y curiosamente, en plena época de la IA, eso se parece muchísimo a aquello que yo descubrí hace más de 20 años y que aquellos consultores llamaban “Gestión del Cambio”.
Y que yo pensaba que eran pájaros y flores.
¡Qué cosas!
* Este artículo forma parte de AI STRATEGY STUDIO by HAVAS, una iniciativa para pensar la inteligencia artificial más allá de la tecnología: desde la estrategia, la creatividad y la construcción de valor para las marcas.