Reconozcámoslo: a los españoles nos encanta exagerar. Y la exageración no es que sea un defecto ni una virtud; no es una costumbre ni un vicio. La exageración es simplemente eso: una singularidad y una forma de ser y de relacionarnos con los demás con los decibelios más altos y los gestos exagerados. La imaginería popular lo sabe y lo recoge en el lenguaje cotidiano. A hacer algo difícil lo comparamos con rodar cuesta arriba; a la fealdad se le asocia con el pecado; y cuando tenemos que soportar a un pesado, decimos que es como si lleváramos una vaca en brazos. Gráficos sí somos. Y exagerados también lo somos un rato largo.
Aquí el lenguaje nos delata y nos resume, como a otros pueblos les define la prudencia, el tacto, la mesura o el aburrimiento. Es verdad que lo nuestro es más divertido, más cómico. Pero no sé yo si de tanto exagerar, el mundo empieza a perder la lógica de su tamaño y se convierte ya en otra cosa: en lo que no es.
En los debates, por ejemplo, se nota también nuestra vehemencia y nuestra querencia hacia la exageración. He mirado la etimología de la palabra (batuo, batuere) y resulta que los romanos la utilizaban cuando hablaban de golpear a alguien sin intención de matarlo. Así, un debate no sería más que una confrontación dialéctica; pero, eso sí, sin intención de aniquilar al contrincante. Un hablar para contrastar y resolver; para aprender y seguir creciendo.
Nosotros debatimos no sólo con la voz de la razón, sino que lo hacemos con todos los poros de la piel. Y no para entender las razones ajenas; sino más bien para ratificar las propias.Y a veces tendemos tanto a amplificar las opiniones, que a los moderadores se les cae el pinganillo que llevan en la oreja de tanto: “Se están pisando, se están pisando… no se entiende nada…”.
Aquí las tertulias son sólo monólogos compartidos; y los argumentos son esas minucias que uno oye pero que en el fondo no escucha (como si oyéramos llover, que solemos decir nosotros). Aquí volvemos a casa con el mismo convencimiento con el que salimos de ella (“a mí me van a cambiar mi forma de pensar… faltaría más”).Y si por el camino a alguien se le ocurriera intentar convencernos de otra cosa mediante argumentos o razones de peso, “pues muy bien, que lo intente si quiere; pero a mi me va a decir ese como tengo que pensar yo…”)
El partidismo es también una forma de exageración, y en España somos muy partidistas. Cuando dos tertulianos políticos participan en un debate, lo hacen siempre basando su discurso en el ataque sistemático al otro, y no desde el valor de sus creencias más íntimas. Nos encanta exagerar la maldad ajena, para destacar la bondad propia. Y siempre preferimos dar primero; porque, como dice el refrán, es la mejor forma de dar dos veces. Nosotros siempre más.
Una minucia la podemos transformar en un castillo; y un castillo, pasado por el filtro del propio interés, se puede quedar sólo en eso: en uno de Lego.
Suecas
El cine español (incluso ése que siempre se ha considerado bueno) ha jugado también mucho al exceso. No hablo ya de los Sesenta, con el López Vázquez y el Landa diciendo eso de “Señorita es usted muy bonita”, o bajándose las gafas de sol cuando veían a un par de suecas. Incluso en ese otro cine más ácido y corrosivo, supuestamente más inteligente y divertido, el humor se basaba en la exageración y el esperpento. En la trilogía de Berlanga, por ejemplo, había mucho movimiento de cuerpo. Demasiado gesto. Yo creo que al cine español siempre le ha parecido que somos un poco sordos. Tal vez por eso repetía todo dos veces: “póngame unas cigalitas…¡unas ci- ga- li- tas!” decía Jose Luis moviendo mucho las manos, por si no le habíamos oído bien. Yo creo que nuestro cine se habría quedado en la mitad, de no ser por la exageración (y a lo mejor, esto también es una exageración).
Y en publicidad no íbamos a ser menos. Cuando a uno se le ocurre una idea, esa idea es ya una genialidad. Y cuando se la presentamos a un cliente no nos conformamos con contarla, sino que se la tenemos que interpretar. Los currículos se engordan, los premios se multiplican, los cargos suenan excesivamente rimbombantes, y los egos no caben en los ombligos. Y de lo demás, para qué hablar…
Los problemas son dramas, los éxitos saben a gloria bendita; y los fracasos… en fin, los fracasos son sólo errores sin importancia (errores humanos), que no deja de ser una manera curiosa de definir la incompetencia.
Hay un corto que circuló por internet hace un par de años, que tenía su punto de gracia. Y lo tenía, precisamente por eso: porque exageraba mucho.
El corto se llamaba Mi señora. Y el director es Juan Rivadeneyra.
No me gustaría exagerar, pero ¿a que es fantástico? Qué digo fantástico…¡es genial!