Rafa Soto

Naomi Osaka lleva todo el año jugando dos partidos a la vez. Uno contra sus la rivales. Otro, contra la irrelevancia. En el Open de Australia salió a pista con una creación de Robert Wun inspirada en una medusa. En Roland Garros, con un vestido del diseñador Suizo Kevin Germanier confeccionado, con una falda translucida creada a partir de prendas recicladas de sus propias equipaciones. Y ahora en Wimbledon, donde el código de vestimenta obliga al blanco casi absoluto, ha ido aparecido con una pieza de la diseñadora de Tokio, Hana Yagi, inspirada en los kimonos ceremoniales de Japón.

Debajo, como siempre, una equipación Nike personalizada.

Lo primero que enseña Osaka es que la relevancia cultural es efímera por diseño. Esas piezas existen durante unos minutos. Lo que dura el paseo hasta la pista. Su estilista lo explica sin romanticismos: Naomi tiene que pasar de la ceremonia a la competición en menos de un minuto, así que cada decisión creativa tiene que resolver también un problema técnico. No es un desfile. Es contenido cultural de combustión rápida, pensado para las cámaras, y las conversaciones. Y funciona precisamente porque no pretende durar.

Lo segundo es que las restricciones no limitan la creatividad. Al contrario. Wimbledon es el código de vestimenta más estricto del deporte y, aún así, ha producido los looks más comentados del año. La propia Osaka lo cuenta: al no tener que pensar en el color, puedes concentrarte en los tejidos, las texturas, la construcción. Lo tercero, y quizá la lección más interesante, es el papel de Nike. Porque Nike podría haber hecho lo de siempre: llenar a su atleta de swooshes y comprar la foto. En vez de eso, se aparta. Deja que una diseñadora emergente de Tokio firme el momento, que la herencia japonesa de Osaka lleve la narrativa, y se reserva el lugar 

Lo tercero, y quizá la lección más interesante, es el papel de Nike. Porque Nike podría haber hecho lo de siempre: llenar a su atleta de swooshes y comprar la foto. En vez de eso, se aparta. Deja que una diseñadora emergente de Tokio firme el momento, que la herencia japonesa de Osaka lleve la narrativa, y se reserva el lugar menos ruidoso y más creíble: debajo. La marca no protagoniza la cultura. La sostiene. 

Ahí hay una distinción que me parece cada vez más importante: la diferencia entre comprar relevancia y hospedarla. Comprarla es poner el logo encima de lo que ya funciona. Hospedarla es crear las condiciones para que pase algo que no controlas del todo, y tener la elegancia de no firmarlo en grande.  Mientras escribo Osaka, sigue ganando en Wimbledon y dando un ejemplo más de cómo el deporte y la moda conviven perfectamente sin distracciones.  Porque al final, la relevancia cultural se parece bastante a un kimono ceremonial: cuesta  muchísimo construirla, dura unos minutos y solo funciona si debajo hay algo capaz de ganar el partido.