Algo pasa cuando lo habitual es huir de todas las pausas publicitarias menos cuando se celebra la Super Bowl.

No creo que sean las estrellas que protagonizan los anuncios, o el nivel de las producciones, ya que estamos acostumbrados a ver gente famosa y anuncios con mucho presupuesto durante el resto del año. Me gustaría pensar que es porque, durante unos minutos, el foco está en nosotros. No en nosotros los profesionales de la comunicación o las marcas, sino en nosotros las personas que quieren reírse, emocionarse o incluso ponerse a bailar en el salón.

Lo interesante de la publicidad en la Super Bowl es que es la excepción cuando debería ser la norma. Lo normal debería ser preguntarnos siempre ¿Esto le importa a alguien? ¿Esto va a ser mejor que lo que van a traer los demás? ¿Esto va a entretener? Y lo más importante, ¿alguien se va a acordar de esto? Es decir, pensar en los demás. Por eso los que están despiertos se quedan a ver los anuncios y los que estamos dormidos los buscamos cuando nos despertamos. Y también queremos ver los quince minutos del show de Bad Bunny nos gusten o no sus canciones, porque no es el formato, ni la duración, es que cada año las marcas nos prometen que durante unas horas nos van a sorprender y que nos lo vamos a pasar bien con ellas. Y siempre lo cumplen.

Lo bueno, que pasa todos los años. Lo malo, que solo es un rato.