Quizás sean mis gafas profesionales, que distorsionan mi realidad, pero creo que no me equivoco poco cuando afirmo que, de un tiempo a esta parte, la S de la ESG se va haciendo cada vez más grande. Y eso no me puede hacer más feliz.
Llevamos un tiempo escuchando hablar de inclusión, de diversidad y de propósito en el sector del marketing y la publicidad. Contar con todas las personas representa de forma más fiel a la sociedad, donde convivimos perteneciendo a orígenes diversos, con y sin discapacidad, con cuerpos diferentes y formas de pensar variadas. Una pluralidad que nos enriquece y que nos mejora continuamente.
Sin embargo, no es raro ver cómo, en demasiadas ocasiones, las marcas caen en lo que podríamos denominar socialwashing. Campañas que se quedan en la superficie porque no llegan realmente a todo el mundo y convierten la inclusión en una anécdota o simplemente cumplen con la cuota visual, pero no integran de manera estructural. Pero la comunicación inclusiva de verdad es esa que no solo se cuenta, sino que se hace y se vive.
El pasado 3 de junio dio un paso muy importante en este camino. En Ilunion, junto a la Asociación Española de Anunciantes (aea), se presentó la nueva edición de la Guía de Marketing y Comunicación Inclusiva. Y si algo me gustaría rescatar de sus principios básicos, es que la inclusión real empieza por la normalidad. Se trata de definir a las personas por su talento, sus habilidades y su aportación a la sociedad, huyendo de los estereotipos clásicos. Un claro ejemplo es que las personas con discapacidad no son objetos de lástima, ni tampoco superhéroes por el simple hecho de superar barreras cotidianas. Son personas, con sus experiencias, perspectivas y realidades propias.
La inclusión va mucho más allá de quién sale en la foto. No podemos hablar de comunicación inclusiva si nuestro mensaje no está al alcance de todas las personas. Una campaña puede tener una producción exquisita y un mensaje brillante, pero si no cuenta con subtítulos, audiodescripción, un buen contraste de colores o textos alternativos, para muchas personas será, sencillamente, invisible.
Hablo con la convicción que da vivirlo desde dentro. Para que la comunicación inclusiva no sea un artificio, tiene que respirarse en los propios equipos que la crean. Cuando compartes tu día a día en un entorno donde casi el 50 % de los profesionales tienen alguna discapacidad, la perspectiva cambia por completo. Compruebas en primera persona que, con las herramientas adecuadas, el talento y la profesionalidad no conocen barreras.
Apostar por la diversidad real nos hace más ricos, más innovadores y nos conecta de forma honesta con la sociedad. Es el momento de que las marcas pierdan el miedo, corrijan los errores más frecuentes y den el salto hacia una comunicación que no deje a nadie atrás. Porque lo que no se nombra no existe y lo que no se hace accesible se pierde para muchos.