Rafa Soto

Hace unos días me crucé en Reddit con una historia que puede darnos una buena perspectiva del rol de las marcas.

Hector Mkansi le pidió matrimonio a Nonhlanhla Soldaat en un KFC de Sudáfrica. Sin puesta de sol. Sin producción. Sin anillo escondido en una copa de champagne. Una bandeja, unas mesas de comida rápida y dos personas emocionadas.

Internet hizo primero lo que tantas veces hace peor: juzgar desde lejos. Alguien se burló de la escena. Que si qué cutre. Que si qué poca clase. Que si quién pide matrimonio en un KFC.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

KFC Sudáfrica salió a buscar a la pareja. Cuando la encontró, decidió ayudarles a organizar la boda. Después se sumaron muchas más marcas: Audi ofreció transporte, Huawei dispositivos para capturar recuerdos, Tsogo Sun una estancia, kulula y Mango vuelos para la luna de miel, Coca-Cola, Puma, Total, Takealot, FNB y otras empresas añadieron productos, servicios o apoyo. También se apuntaron artistas como Zakes Bantwini o DJ Fresh.

Lo que había empezado como una burla acabó convertido en una respuesta colectiva.

Permitidme ser iluso: ¿y si las marcas sirviesen también para esto?

No solo para capitalizar conversaciones, también para activar recursos cuando detectan una necesidad real. Para amplificar una corriente de generosidad que ya existe. Para usar su tamaño no como megáfono de sí mismas, sino como palanca para que algo bueno ocurra un poco antes.

Sé que el terreno es delicado. La ayuda puede convertirse en oportunismo en medio segundo. La espontaneidad puede acabar pareciendo un caso de festival. Y todos hemos visto demasiadas marcas intentando parecer humanas con la naturalidad de una rueda de prensa. Pero quizá por eso estos casos nos interesan tanto. Porque cuando salen bien, no parecen campañas. Parecen respuestas.

Y quizá, de vez en cuando, eso es exactamente para lo mejor que puede servir una marca.