Fernando Alonso-Cortés

Cuando creíamos casi imposible innovar en la industria de la cultura de masas, Shakira se agita el sector y pone en marcha el Macondo Park, que alberga su gira “Las chicas ya no lloran” de manera residente en Madrid. Si bien el concepto de artista residente no es novedoso, la artista colombiana lo acaba de elevar a otra dimensión. 185.000m2 dedicados a la artista y su universo, 24x7 durante un mes. Ocho pabellones culturales, gastronómicos y artísticos para el deleite de sus fans, además del macroestadio que acogerá los doce conciertos programados, en los cuáles Shakira se arropará de invitados como Maluma, Karol G, entre otros.

A vista de pájaro, resulta obvio que esta residencia representa un nuevo concepto “augmentado” de entretenimiento, que integra varias expresiones culturales (conciertos, exposiciones…) con otros tipos de ocio popular, como el gastronómico, y servicios de interés bajo un paraguas temático. Dando cobijo a una experiencia integral, que se apalanca se apoya en últimas tecnologías para estimular los sentidos y activar el fenómeno fan.

Lo que nos lleva a recordar que los espectáculos musicales de masas -los festivales- se han visto obligados a evolucionar para mantener su vigencia a lo largo de los últimos años. Desde los pioneros (Glastonbury, Coachella, FIB…), han proliferado todo tipo de festivales globalmente, apoyados por las autoridades que los ven como verdaderos impulsores de los territorios que los acogen.

Un festival musical empieza mucho antes del primer ensayo y termina después del último bis. Desde el punto de vista de sus públicos objetivos (empezando por los “festivaleros pro” y terminando por los “boomers con añoranza” y sus familias) se desencadena un verdadero fan experience journey, con varios momentos de la verdad como elegir destino, con quién asistir, organizar el viaje, descubrir y elegir artistas, asistir al espectáculo comunitario, comer y descansar y finalmente guardar/compartir los recuerdos del momento, incluso planificar volver el año siguiente.

Esa combinación convierte a los festivales en plataformas experienciales de amplio espectro. Para las marcas, ofrecen una oportunidad especialmente fértil: tangibilizar sus valores a través de beneficios que las personas puedan utilizar, compartir y sentir. Es por ello que la asociación con un festival han trascendido ampliamente la figura del patrocinador, inclinándose hacia la de habilitadores de experiencias únicas y memorables que dejen una Huella de Marca indeleble.

La tesis es clara: los festivales ofrecen un contexto más que propicio para innovar en experiencias de marca: Dan cabida a servicios prácticos, comunidades con identidad y vivencias exaltadas. Donde los asistentes combinan necesidades funcionales, de pertenencia social y emocionales que han de ser satisfechas. Su potencial máximo se aprovecha cuando las marcas contribuyen a cubrirlas y al disfrute integral por el público. La presencia visual aporta reconocimiento; si bien un servicio pertinente, una participación creativa o una vivencia multisensorial pueden aportar razones exponenciales para valorar la marca que se asocia a esas experiencias aportando valor añadido.

El valor funcional aparece cuando la marca resuelve una necesidad que entraña esfuerzo o dificultad, o supone un reto a resolver.

  • En Glastonbury, Reino Unido, Vodafone ofrece carga gratuita y wifi, además de una aplicación con mapas, planificación de conciertos y puntos de encuentro compartibles. La integración con Spotify recomendaba artistas según los hábitos de escucha. La conectividad adquiere así una utilidad tangible: orientarse, planificarse, relacionarse… y descubrir música. La promesa de conectar personas se materializaba en acciones dentro del festival.
  • En Japón, Barbour llevó esta lógica al Fuji Rock 2026 mediante el préstamo gratuito de botas de lluvia. La acción respondía a un problema específico: un entorno de montaña con tiempo cambiante y asistentes que no siempre transportan el equipamiento adecuado. Una marca vinculada a la protección frente al clima permitía experimentar esa capacidad en condiciones reales. El beneficio era inmediato y el producto tenía un papel coherente con el contexto. 

 

En segundo lugar, el valor social se amplifica cuando la experiencia facilita las relaciones o la expresión colectiva de identidad in-situ… y más allá, trascendiendo el espacio y momento temporal.

  • En Coachella 2026, Heineken ha presentado “The Clinker”, un dispositivo con tecnología orientado a la socialización: una banda inteligente colocada alrededor de latas o vasos que permite a los participantes vincular sus datos de escucha musical; al brindar, el dispositivo detecta gustos compartidos y señala la coincidencia mediante una luz. Su aplicación web permite intercambiar contactos y conectarse en redes sociales prolongando la interacción una vez finalizado el festival.    

 

  • A menor escala, pero no por ello desdeñable por su encaje natural, la marca estadounidense de estufas sin humo Solo Stove ha aprovechado la hoguera como símbolo de convivencia y comunión social. Su interpretación relacional se apoya en el diseño del espacio y del ritual; habilitando momentos de conexión durante la gira Winter Festivals por diversas estaciones invernales organizados por otra marca, Subaru.

Por último, el valor emocional adquiere especial fuerza cuando la marca posibilita una experiencia multisensorial diferencial, y a ser posible única e irrepetible.

  • Amazon Music auspicia una experiencia interactiva -asistida por su dispositivo Alexa- como hilo conductor del Museo Shakira, en su residencia LMYNL. Esta experiencia enaltece el sentimiento fan, en un espacio en el que los asistentes recorren la trayectoria de Shakira con materiales inéditos curados por la artista
  • Magnum aprovechó el Primavera Sound 2025 para crear una experiencia inmersiva inspirada en el movimiento "Brat" y la artista Charli XCX, su embajadora de marca. Una celebración de la indulgencia y la música disfrutando de la oportunidad de personalizar helados en sus Dipping y Spray Bars y poniendo el foco sensorial en uno de los momentos más distintivos de la experiencia Magnum: el sonido crujiente de su chocolate. 

Estos ejemplos abarcan marcas de sectores de muy distinta naturaleza. Su diversidad demuestra que la oportunidad depende menos del sector que de encontrar una contribución pertinente. La elección debe partir de sus valores y recursos disponibles, del carácter del festival y de las necesidades de los asistentes.

Innovar exige decodificar el recorrido completo del fan y elegir dónde aportar valor añadido. Antes del evento pueden facilitarse la planificación y el descubrimiento. Durante, cobran importancia la comodidad, la participación y el encuentro o la exaltación del fenómeno fan y su vivencia. Después, pueden apalancarse en las vivencias y su memoria, y compartirlas en los círculos de confianza. Cada intervención necesita objetivos y evaluación: usos del servicio, satisfacción, interacciones significativas, recuerdo de marca y asociación con los valores buscados.

La notoriedad es sólo una parte del retorno. Para evaluar una experiencia integral conviene comprobar qué beneficio recibió el público y cómo lo atribuyó a la marca. Las cifras de asistencia o publicaciones sociales no bastan para demostrar confianza, preferencia o ventas. Comparar participantes y no participantes, teniendo en cuenta sus diferencias previas, ayuda a separar la exposición del cambio observado.

En resumen: los festivales ofrecen un territorio donde experimentar con formas nuevas de relación entre marcas y personas. Su fuerza reside en combinar utilidad, comunidad y emoción alrededor de la música y el fenómeno fan. Una marca construye significado cuando mejora la experiencia compartida y demuestra sus valores mediante hechos. Ahí está la innovación: contribuir a momentos que el público más entusiasta quiera vivir, recordar y compartir.