¿Qué querías ser de pequeñ@?

Escritor. Desde niño he sido un lector voraz y siempre me ha fascinado la capacidad de las historias bien contadas de trasladarte a otros mundos y provocar emociones profundas en el lector.

¿Cómo cuentas o contarías a tus hijos a qué te dedicas?

Si son de esos niños brillantes que lo que quieren es que les lances un hueso para roer intelectualmente durante horas, les explicaría que mi trabajo consiste en convertir datos en emociones. Ciencia en arte. En entender a quienes ven, visitan y usan mi marca para sorprenderles, emocionarles y cuidarles a través de historias y experiencias memorables.

Si me levantan una ceja ante esa explicación, les diría que mi trabajo consiste en hacer que la gente sienta cosas cuando descubre el mundo. Que uso números, ideas y palabras para entender qué les emociona, qué les hace sonreír o qué les inspira. Y que con eso intento crear experiencias que se recuerdan, aunque solo duren un instante. Y si me siguen mirando raro, añadiría: “Papá se dedica a que los viajes, las marcas o las historias no sean solo cosas que se ven, sino cosas que se sienten.”

¿En qué empresa te gustaría trabajar, aunque solo fuera por curiosidad?

Tuve la gran suerte de crecer como profesional en Nike, que para un marketero es una mezcla de Harvard y Disneyland. Hoy en día la única empresa que me sigue despertando una admiración y curiosidad similar es Lego. Es una marca que hace las cosas muy bien y entiende que su target es toda la población mundial: niños, porque, a fin de cuentas, es algo que nunca dejamos de ser.

Si fueras periodista, ¿a quién te gustaría entrevistar?

A Christopher Nolan. Considero que es el mejor contador de historias de nuestro tiempo, y un auténtico genio en su obsesión por el detalle y la complejidad narrativa.

¿Qué invento te parece más admirable?

El lenguaje. Porque es, al mismo tiempo, nuestro mayor corsé y nuestra mejor herramienta. Nos limita para expresar lo que sentimos, pero también nos permite hacerlo. Con cada palabra intentamos atrapar algo que, por naturaleza, tiende a escaparse: una emoción, una idea, una intuición. Cuando viajas y te expones a otros idiomas descubres que cada cultura ha inventado sus propios modos de pensar. Hay palabras que no existen en otros lugares, giros que condensan formas distintas de entender el tiempo, la relación con los demás o incluso con uno mismo. El lenguaje no solo nombra la realidad: la construye.

Y por eso lo admiro. Porque es la tecnología más antigua y sofisticada que tenemos para conectar mentes. Es la base de la poesía, de la diplomacia, del amor y del marketing: todo depende de cómo nombramos las cosas. El lenguaje crea mundos, pero también los separa. Es puente y frontera a la vez. Quizá ningún invento ha tenido tanto poder para unirnos y dividirnos, para inspirar o manipular, para liberar o domesticar el pensamiento. Pero sigue siendo lo más cercano que tenemos a la magia: transformar una idea invisible en algo que otros pueden sentir.

Si existieran las puertas del tiempo, ¿a qué época del pasado te gustaría viajar?

Iría al Renacimiento. No por romanticismo histórico, sino por el vértigo intelectual de una época en la que la curiosidad valía más que la especialización. Donde un mismo cerebro podía diseñar una cúpula, escribir un tratado de anatomía y componer un canon. Fue el momento en que el ser humano dejó de mirar al cielo para buscar respuestas y empezó a mirar al hombre.

Me fascina esa mezcla de arte, ciencia y desafío al dogma. Esa sensación de que el mundo era un lienzo por descubrir, no un sistema por optimizar. En el fondo, creo que los que trabajamos en creatividad y estrategia seguimos persiguiendo algo parecido: encontrar belleza en la lógica y lógica en la belleza.

Volvería al Renacimiento no para cambiar nada, sino para recordar de dónde viene la idea más poderosa que hemos tenido: que la imaginación también es una forma de conocimiento.

Cuéntanos alguna anécdota divertida relacionada con tu trabajo.

Tengo muchísimas anécdotas y muy variadas, pero cada cosa en su foro —que lo escrito, escrito queda—. No puedo, por desgracia, contarte las mejores, pero a cambio te dejaré dos que, curiosamente, giran sobre lo mismo.

La primera fue con el ex jugador de baloncesto estadounidense Ray Allen, cuando vino a Barcelona. El periodista que enviaron a entrevistarlo sabía de inglés lo que yo de arameo, y me estaba dando tanto apuro la situación que me ofrecí a hacerle yo la entrevista. Me senté frente a él, extendí el brazo para saludarle… y le vertí una jarra de agua entera encima. Entera. Se hizo un silencio absoluto. Me quedé congelado. Ray no se inmutó. Me dedicó una sonrisa tremendamente cálida y honesta, cogió un trapo, se secó y me dijo: “Mi hija pequeña dice que un problema que puede solucionarse con un trapo no es un problema. Encantado, Pablo. Adelante, pregunta”. Aprendí más de liderazgo y templanza en esos diez segundos que en muchos años de carrera.

La segunda fue en la final del Eurobasket que ganó España. Volamos a París, y en el tren hacia Lille íbamos casi solos en el vagón: mi equipo, la madre de Pau Gasol y su hermano pequeño, Adrià. Empezamos a hablar y fue una de las conversaciones más inspiradoras que he tenido en mi vida. Ella me dijo que siempre le repetía un mantra: “Recuerda esto siempre: tú eres Pau, no Gasol.” Y entendí por qué Pau es como es. En el mundo del baloncesto he encontrado algunas de las personas más íntegras y luminosas que conozco. Y no soy nada mitómano, pero he conocido a personas a las que admiro sin reservas —más allá de la cancha—. Tienen otro tipo de aura.

Presume de algo que se te dé bien y poca gente sepa.

Tengo una facilidad casi patológica para detectar patrones. En conversaciones, en datos, en comportamientos, en silencios. No importa si es una campaña, una estrategia o una persona: tiendo a ver los hilos que conectan lo que a primera vista parece inconexo. Es como si mi cerebro se negara a aceptar el azar y buscara siempre la lógica detrás del ruido. No es una habilidad especialmente glamurosa, salvo porque soy un detector de mentiras vivo, pero es la que más uso sin darme cuenta. Me permite anticipar cosas —una tendencia, una reacción, un cambio— antes de que tengan nombre. Y en marketing, eso vale oro: ver venir lo que otros solo verán cuando ya esté pasando. Al final, creo que detectar patrones es una forma de empatía. Es entender que todo lo que hacemos —una marca, una decisión o una emoción— obedece a un ritmo que, si sabes escuchar, se repite.

¿Cuáles son las apps que más utilizas?

Exceptuando las de trabajo, hay tres que copan el 90% de mi tiempo de móvil. Spotify: soy un melómano empedernido y vivo con banda sonora.
Audible: desde que lo descubrí me he vuelto totalmente adicto. Y “Notas”: un vomitorium de ideas constante, con más intención que utilidad real posterior.

¿Qué libros recomendarías leer a un estudiante que quisiera dedicarse al marketing?

Recomendaría cuatro, dos estrictamente de marketing y dos que son de obligada lectura para entender el mundo.

  • "This Is Marketing", de Seth Godin, porque te vacuna contra la visión táctica del marketing. Te recuerda que no se trata de gritar más fuerte, sino de entender mejor. Que todo empieza con empatía y termina con utilidad.
  • The 22 Immutable Laws of Marketing, de Al Ries y Jack Trout. Sigue siendo la brújula. En un entorno de ruido, tendencias y egos, te obliga a volver a lo esencial: el posicionamiento. Saber quién eres, para quién existes y qué espacio ocupas en su cabeza.
  • El arte de la guerra, de Sun Tzu. No por lo bélico, sino por lo estratégico. Enseña que la mejor victoria es la que no requiere combate. En marketing, eso se traduce en construir una marca tan clara y coherente que no necesite competir: atrae por posición, no por presión.
  • El príncipe, de Maquiavelo. Porque continúa siendo el manual más honesto sobre cómo funcionan las percepciones, el poder y la naturaleza humana. No hay marketing sin política, ni liderazgo sin psicología. Maquiavelo entendió antes que nadie que las personas no siguen siempre al más justo, sino al más coherente con sus expectativas.

¿Qué campaña de publicidad te ha enamorado recientemente?

Hay varias que me han hecho sonreír con el clásico “I see what you did there…”, pero hay una que vi hace dos años y tengo fresca porque la revisité hace poco. Esta dejó una huella indeleble en mí por lo que me hizo y hace sentir. Es tan soberbia como necesaria: “The Last Photo”, de Calm y Adam&Eve/DDB. Es justo lo contrario de lo que solemos asociar a la publicidad: no grita, no vende, no endulza. Muestra la última foto de personas que se suicidaron, todas sonrientes. Y te obliga a mirar de frente algo que normalmente esquivamos.

Me parece inconmensurable porque logra lo más difícil: usar la belleza para revelar la verdad, no para maquillarla. Es una campaña que no busca impresionar, sino incomodar con elegancia. Y en un mundo de mensajes diseñados para gustar, eso es un acto de coraje creativo llevado al máximo exponente. Además, conecta con lo que para mí define tanto una buena pieza publicitaria como un viaje: que te deja distinto de cómo entraste.

¿Cómo es tu ocio audiovisual: qué ves y dónde lo ves?

Amo el cine, la música y la lectura. Tanto en formatos ligeros como densos. El cine me gusta verlo como mandan los cánones: en el cine, pero siempre en versión original. Y luego reverlo en casa, cuando ya no busco sorpresa, sino matices. La música me acompaña en todo momento. Benditos los programadores que mejoran día a día el algoritmo de Spotify para descubrir nueva música basada en tus gustos. Voy por el quinto par de AirPods y tengo tres cascos distintos en función de lo que esté escuchando. Tengo tarita…

Y por último, los audiolibros ocupan hoy la mayor parte de ese tiempo. Dado que mi tiempo libre es mucho menor del que me gustaría —y que viajo mucho— he encontrado en ellos una sensación de inmersión similar al papel, que me permite aprovechar los tiempos in itinere para leer.

Este último mes he escuchado los cuatro de Ruiz Zafón de "El cementerio de los libros olvidados", y ahora estoy con Anna Karenina. Son muchas horas… pero me producen un deleite difícil de explicar.

¿En qué redes sociales estás conectado?

Me gustaba Instagram en su concepción primigenia, cuando todavía servía para seguir a mis amigos y saber de ellos. Y me gustaba Tumblr, cuando era una fuente infinita de humor, memes y creatividad sin algoritmos de por medio.

A día de hoy uso LinkedIn e Instagram, pero por mera obligación profesional. El problema es que, cuando ves “el código detrás de Matrix” y entiendes cómo están diseñadas para absorberte, para fomentar el doomscrolling y para embrutecer la conversación pública, es difícil disfrutarlas como usuario. Las aborrezco enérgicamente. Todas, sin excepción.

Si no fuera porque las necesito para trabajar… seguiría en 2011.

¿Cuáles son tus webs favoritas?

No tengo webs “favoritas” en el sentido clásico, pero sí lugares digitales a los que vuelvo. The Atlantic o Nautilus, cuando busco pensamiento bien escrito y con fondo. It’s Nice That o AIGA Eye on Design, cuando quiero inspiración visual que no sea puro artificio. Y a veces Letters of Note, por recordar que escribir bien sigue siendo una forma de elegancia. Si existiera una web que combinara el criterio de la Guía Michelin con la curiosidad de National Geographic, probablemente me quedarían menos pestañas abiertas.

¿A qué influencers te gusta seguirles la pista?

Por encima de todas mis pasiones hay una que gana: la comida. Me encanta cocinar… y comer, incluso más que viajar o conducir. Así que la mayoría de las personas a las que sigo giran en torno a eso: producto, técnica y cultura gastronómica. Sigo de cerca a gente como Alex Atala, Massimo Bottura, Francis Mallmann o Zaiyu Hasegawa, porque detrás de su cocina hay pensamiento, no solo recetas. También a Harold McGee, que convierte la ciencia en poesía culinaria. Y sigo con devoción a Ángel León, el Chef del Mar, a quien tuve la suerte de conocer. Más allá de su demostrada maestría, me impresionó su ética: esa pasión genuina por la sostenibilidad, por salvar el mar y devolverle más de lo que toma de él. Su propósito es tan contagioso como su talento.

También me inspira Rasmus Munk, de The Alchemist, por su capacidad de mezclar arte, ciencia y ética en un mismo plato. Me fascina esa frontera donde la gastronomía deja de ser comida para convertirse en pensamiento. Más allá de eso, sigo a fotógrafos, exploradores o divulgadores que me hacen mirar distinto, sin artificio. En general, me interesa más quien observa y comparte que quien simplemente opina.

Si algo define a la gente que me inspira es esto: seguirían haciendo lo mismo, aunque nadie los siguiera.

Esa canción que puedes escuchar una y otra vez.

Uf… la verdad es que soy muy de bucles. Una vez, mi Spotify Wrapped decía que en diez días había escuchado mil veces una misma canción. Lo que te digo: taritas… jajaja. Tengo predilección por Future Islands, Editors, Dream Theater y el rock clásico. Entro en bucle hasta que casi lo aborrezco, y entonces me sumerjo en mi nueva fijación. Es un ciclo infinito, pero me encanta.

Recomiéndanos una peli, una serie y un libro.

Película: "Pulp Fiction", de Quentin Tarantino. Es, para mí, la mejor película de todos los tiempos. En dura pugna con El Padrino y Blade Runner, la considero simplemente perfecta. Marcó mi vida y no me canso de verla.

Serie: "The Bear". Por cómo retrata el caos, la belleza y la crudeza del proceso creativo. Además de mostrarte las entrañas de una cocina, es una historia sobre la obsesión por la perfección y la entrega total a un propósito. Su lenguaje visual, la dirección y las interpretaciones son magistrales. Cuando veo series en casa me cuesta horrores mantener la atención en una sola cosa: necesito estar haciendo algo mecánico en segundo plano para concentrarme. Pero "The Bear" me atrapa en una espiral que me deja absorto. Es tan intensa que necesito pausarla cada minuto… y aun así acabo viendo cuatro capítulos seguidos. Voy por la tercera vuelta.

Libro: "La conjura de los necios", de John Kennedy Toole. Porque no hay mejor espejo de la estupidez humana que la sátira bien escrita. Es una obra maestra del sarcasmo y del pensamiento lateral: tragicómica, demoledora y extrañamente tierna. Ignatius J. Reilly es, en el fondo, el antihéroe más lúcido que se haya inventado.

Ese país o ciudad que estás deseando conocer.

Japón. Siempre me ha fascinado, con doble clic en la época Edo de los samuráis. Me embelesa su perfeccionismo sereno, y esa capacidad de convertir en arte incluso los actos más cotidianos. Me parece una cultura que entiende algo que en Occidente hemos olvidado: que la excelencia no nace del espectáculo, sino de la repetición consciente y la disciplina.Su ética, su estética y su respeto por el detalle me resultan hipnóticos. Es una civilización que honra el tiempo y da valor al silencio. Este año por fin iba a ir, pero el TFM me obligó a aplazar el viaje. En 2026, sin excusas: Japón cae.